Mis sollozos anteriores:

martes, 19 de junio de 2018

DRENADOS Y HERVIDOS SOBRE LA JAULA DE GALIO.

  «¿Por qué no solo derrotarlo? 
¿Debo, por cada encuentro,
por siempre
y para siempre
con mi vida pagar?»
 

ÁSTERIX.


Un bufido se alzaba sobre la opresión del aire rompiendo con la insoportable quietud de la penumbra.
Los barrotes de yeso (una vez nacido yeso) que protegían la cueva solo seguían órdenes superiores al mantenerse imperturbables ante las violentas embestidas de la obstinada bestia: luchaba con sumo frenesí desde hace un tiempo ya inconmensurable contra el endeble material, sin embargo, el mismo no cedía. Le rugía, gritaba, amenazaba y hasta se burlabada de él, por supuesto que en vano; pues el yeso (nacido yeso) estaba determinado a cumplir el rol que le daba el significado al delirio de su existencia: ser yeso.
Si pudiera saber a qué realmente me enfrento tendría más oportunidades, pensó Bestia. Se abalanzó sobre los barrotes y palpó con la lengua un inesperado sabor a sal y metal, el cual lo hizo extrañar(se) por un momento.
Las tinieblas gobernaban aquella cueva, eran las emperatrices de su angustia y se conglomeraban frente a él para formar a aquella unidad hueca que lo miraba fijamente desde la misma distancia que el hilo se enfrenta al ojo de la aguja en manos ancianas. Solo que estas manos eran las de un niño, obediente, y casi tan orgulloso del rol que se le había asígnado como certero. Determinado. Como el yeso. 
¡Ese estúpido yeso que no dejaba de ser yeso! ¡No obligarás a bestia a dejar de ser bestia! ¡Te maldigo, yeso! ¡Te maldigo y te condeno por siete eones, yeso una vez nacido yeso! ¡Te maldigo y te condeno a la pudorosa eternidad de bestia una vez nacida niño, una vez criado bestia, y otra vez muerto niño!