"Y ahora, que somos uno... No necesitamos de ¡ningún! dios;
la divinidad fluye en nuestra sangre."
STAINTHORPE.
Retiró la pipa de su boca nuevamente. Ahí, parado frente a la ventana, el millón de horrores que había cometido pareció haberse sucedido a través de ella, como una visión, como una especie de mecanismo capaz de encerrar y transmitir imágenes nítidas por el mínimo sonido de un interruptor que se amortigua.
La tocó con sus manos arrugadas, lentamente, acarició los viejos vidrios como a un afecto, los recorrió; el cristal no era un elemento que se caracterizara por su contención emocional, lo que lo reconfortó fue algo de lo que no estaba en presencia, pero en determinado momento fue más concreto y real que cualquier otro cristal, hacienda o la luz que en este momento de ellas emanaba y comenzaba a apagarse.
El crepúsculo se instauraba en el cielo, las 19:30 suponían la aparición de la cena y la posterior modorra en la vida cotidiana de todo caballero londinense del Siglo XIX común y corriente. Pero el doctor nunca tuvo mucho de común, su dolor mucho menos de corriente.
Se giró, bruscamente, dirigiéndose a sus hospedados con un enfática y falsa naturalidad.
—¡Y bien! —concluyó agitando su pipa— Espero haber sido exacto en mis argumentos y explicaciones. ¿A ustedes les parece justo?
Un murmullo apagado fue la respuesta que las penumbras de la habitación ofrecieron a su anfitrión, y al parecer la ideal.
El doctor soltó una carcajada.
—¡Perfecto! —afirmó mientras tardaba en encender su pipa.
La claridad que ofrecía el cielo acababa de consumirse, la fogata de la sala estaba prendida ya hace no más de diez minutos, sin embargo en los recovecos la luz que esta ofrecía no llegaba a consumarse. Y eso estaba bien.
«A mis comensales no les agrada, no tengo razones suficientes. Ni siquiera el miedo es una ahora.»
Los ojos de Alexander volvieron a vacilar, esta vez en el fuego. Para el Dr. Stainthorpe era una imagen plenamente envolvente, lo abrazaba; y abrasaba.
«Cómo duele la vida cuando la que se presenta es la muerte, cómo duele cuando el odio es, no humano, sino divino; ¡cómo duele el desamparo del inerme! Cuando la soledad engulle, traga, y nada más y nada menos que a costas de la condena ajena. Entonces, ¿quién es en verdad el condenado? ¿El que duele o al que duele? ¿La ausencia o la víctima de ella? ¿Quién se hace cargo del suplicio de la derrota? ¡Si ha perdido esa batalla pero soy yo el prisionero de esta guerra! ¿Y cuál linaje habrá de seguir? ¿El de la Creación? ¡Yo me niego! No siento una mano sujetando mi corazón, ni a la hoja que a él empuña el recuerdo, su abandono.... ¡Y Su abandono! No veo ni un Cordero más que en mis devastadoras cenas a solas; no veo divinidad más que en aquel rostro, al cual soy devoto, ¡no veo el dolor, no veo el Cuerpo y la Sangre más que en mí... y en mis hijos, MIS creaciones! ¡Y juntos escupiremos sobre Ti y sobre desidia, tu displicencia, tu desdén, sobre TU ODIO!»
Un sonoro ruido proveniente de la puerta lateral derecha pidió prestado rápidamente este pensamiento.
Una figura de no más de metro sesenta irrumpía en la habitación, deteniéndose con la cabeza gacha pocos metros después del marco de la puerta con un caminar lento, cojo y arrastrado a la vez, viscoso. Estaba lista.
Alexander la miró: aún así era hermosa.
Más hermosa que la Johanne de Dios... Esta era la Johanne de Alexander. Imperfectamente perfecta, suya, la Johanne que ya estaba aprendiendo a adorar, la que estaría junto a él en su final. Dios no había sabido cuidar la suya, pero él sí, ¡maldito sea si no!, él sí sabría.
Si había algo que sí extrañaba de la vieja Johanne, la corrompida Johanne, era su rostro... su dulce, angelical, ¡bellísimo! rostro. El engendro que tenía enfrente, sin embargo, parecía ser la mismísima obra de todos los diablos, un esperpento confinado del Segundo Círculo, una metamorfosis negada por la naturaleza en persona, una criatura reclusa, condenada a vestir la monstruosidad humana que había desprestigiado en vida ahora también en muerte.
Pues no solo el infierno está idealizado en círculos, decían. La estructura arquitectónica del universo es sorprendente: dos extremos tan extremos que se cruzan, se entrelazan y se fusionan formando la nueva entidad; un círculo, reproductivo por naturaleza. La vida y la muerte misma, que crea muerte en la vida y también vida en la muerte.
Pues no solo el infierno está idealizado en círculos, decían. La estructura arquitectónica del universo es sorprendente: dos extremos tan extremos que se cruzan, se entrelazan y se fusionan formando la nueva entidad; un círculo, reproductivo por naturaleza. La vida y la muerte misma, que crea muerte en la vida y también vida en la muerte.
Reconfortó este pensamiento con la imagen de lo que quedaba de su cabello original cayendo sobre sus hombros... Después de todo había hecho un buen trabajo.
—Johanne... —suspiró el doctor. Lanzó su pipa sobre sofá y se le acercó rápidamente rodeando este— ¡Mi Adoración!
La tomó de ambos hombros, analizándola con un rostro asediado por lágrimas. ¡Tanta melancolía en estos ojos! ¡Tanta afecto, tanto dolor, tanto ORGULLO!
La criatura lo percibió. Con un esfuerzo irónicamente inhumano levantó la cabeza hacia él. Cada centímetro implicaba el crujir de sus nuevas vértebras acomodándose en su respectivo engranaje. El ser hizo un torpe intento de levantar su mano derecha (o lo que se podía considerar como tal) hacia la altura de su rostro, la viscosidad de este movimiento no le produjo ni la más mínima repugnancia a Alexander, que intentó buscar sus ojos pero no los encontró. Estaba fascinado con su creación, con su herejía. Dios los había abandonado, Dios les había arrebatado su vida a ambos, a todos, pero él había sido capaz de recuperarla, y de una forma que ni el más mismísimo diablo podría interponerse en sus planes, ahora a él le correspondía esa parte, ¡ambas! ¡él era el diablo, él era el dios de Johanne! ¡Él era el dios de TODOS sus creaciones! ¡Y eso nadie tenía el poder de negarlo...!
....
La campana de su reloj de salón hizo aparición a las 00:00.
Su cuerpo desnudo aparecía fundido junto a otro sobre el sofá, frente a la fogata ya extinta. En la completa penumbra percibió el inexorable escrutinio de las retinas de sus creaciones (sus pedazos de carne) desde sus respectivos escondrijos.
—Están ansiosos, lo noto.
Tomó la cuchilla que guardaba por motivos de seguridad bajo los almohadones del sofá , entonces oyó un quejido provenir de este. Hundió sus ojos en la forma oculta tras la negrura de esa parte de la habitación.
—Es necesario —aseguró, mientras le dedicaba un mimo.
Se dirigió hacia la puerta y se oyeron murmullos, muchos murmullos, quejidos y gemidos, a través de las sombras.
Colocó su mano en el pestillo mientras aquel glutinoso sonido continuaba acercándose a él, entretanto volvía a oírse aquel engranaje... decenas de engranajes, uno tras otro.
La oscuridad consumía la imagen, y pensó que era lo mejor.
Giró el pestillo de la puerta y la abrió de par en par.
—No se queden con este, vayan por muchos más. ¡Reclamen lo que les han arrebatado! ¡Reclamen la VIDA!
Acto seguido apuñaló su pectoral izquierdo, retirando la piel y músculo con un incisivo y admirable trabajo quirúrgico que sólo un profesional con tantos años de experiencia como el Dr. Alexander Stainthorpe podría llegar a hacerlo, mientras el ambiente seguía nutriéndose del ansia y los gimoteos de sus criaturas hambrientas.
Por primera vez en la historia de aquel Londres del S XIX, no solo la vida dio paso a la muerte.