ROKYÉNOLO.
Todo lo que toco se convierte en ORO,
¡luego en CARBÓN!
[...]
¡y luego en POLVO!
La melancolía volvía a vestirlo de azul hielo, la desilusión nuevamente se proponía congelarlo. Y esta vez en el paroxismo de su deseo, en la vehemencia de todo su anhelo. No solo lastimaba, el dolor era tortuoso, lo sujetaba de los capilares y lo arrastraba desnudo sobre un camino asfaltado en carbón que parecía eternizarse en sus agónicos gritos y reiteradas súplicas.
No está mintiendo al decir que desconoce en su totalidad la razón por la cual está atravesando tal suplicio, mas a la gente que lo rodea —la aldea arrasada de un Señor— no le cabe duda de que en los costados de la balanza sostienen pesos equitativos entre ambos brazos. ¿Qué clase de mente lunática habrá utilizado dicho cuerpo como recipiente, de qué clase de actos demoníacos habrá sido protagonista su espada? La verdad está oculta tras nubarrones color escarlata, el enigma sobre la mesa y encajonado, escurriéndose a través de ella de forma líquida.
Un plebeyo se acerca a su cuerpo arrodillado. Tiene un aspecto rancio, de ultratumba; como si lo hubieran dejado pudriéndose durante semanas bajo la tierra que ahora endeble pisaba. Podría haber sido un muerto más de la aldea, lo único que lo destacaba era la imperturbable tristeza en su mirada y el fulguroso dolor entre sus indignados labios.
Lo observa de arriba hacia abajo con unos ojos indagadores e inquisitivos. La respuesta la da el viento, que sopla lo suficientemente enérgico y lo hace tambalear de cara al suelo, su mano lo auxilia casi de forma inconsciente, pero ni los brazos más fuertes del mundo podría lograr levantar el peso de esa ánima; las poco dichosas ya se habían estrellado antes de que él hincara las rodillas.
—¡Fue la última vez! —replicó el poblador. —Ya no quiero vivir aquí, ¡ya nadie quiere vivir aquí!
Acto seguido, con sus resquebrajadas fuerzas, lanzó una patada que terminó estrellándose en la mandíbula del Señor del feudo defenestrado y cayó de espalda al igual que el atacante. El caballero de la armadura que se oxidaba quedó tendido en el suelo, mientras el cuarto y único habitante de la Aldea de la Primacía se arrastraba hacia una carreta tirada por dos caballos desnutridos y descuidados. Encima de la base de la cabina de madera se encontraban tres bultos en similares condiciones, dos de ellos juntos, dominando los caballos; el tercero rendido, atajado por lo que parecía ser una bolsa de provisiones, preparándose para ser el plato principal del guloso gourmet de aquel desamparado caos.
—¡¡N-... NO...!!
Están aquellos que culpas a la crianza; hay quienes aseguran que todo es fruto del enfurecimiento de las divinidades, o se lo dejan todo a este mundo impiadoso, pero la realidad es que el único responsable de su propio tormento es él, el Señor; Rokyénolo, como lo nombró su padre. Dejó entrar a un monstruo, a un demonio, dejó entrar el hambre a su aldea, el vicio, la muerte.
La torre de vigilancia cayó con un estrepitoso rugido, y consecuentemente abrasaba una taberna cercana, dando lumbre al resto de la aldea de forma rauda. Pronto esta se convertiría en una gran hoguera. El ciudadano llegó a la carreta gastando sus últimas energías, abrazaba las provisiones de trigo cuando los caballos recibieron las órdenes de ponerse en marcha.
No está mintiendo al decir que desconoce en su totalidad la razón por la cual está atravesando tal suplicio, mas a la gente que lo rodea —la aldea arrasada de un Señor— no le cabe duda de que en los costados de la balanza sostienen pesos equitativos entre ambos brazos. ¿Qué clase de mente lunática habrá utilizado dicho cuerpo como recipiente, de qué clase de actos demoníacos habrá sido protagonista su espada? La verdad está oculta tras nubarrones color escarlata, el enigma sobre la mesa y encajonado, escurriéndose a través de ella de forma líquida.
Un plebeyo se acerca a su cuerpo arrodillado. Tiene un aspecto rancio, de ultratumba; como si lo hubieran dejado pudriéndose durante semanas bajo la tierra que ahora endeble pisaba. Podría haber sido un muerto más de la aldea, lo único que lo destacaba era la imperturbable tristeza en su mirada y el fulguroso dolor entre sus indignados labios.
Lo observa de arriba hacia abajo con unos ojos indagadores e inquisitivos. La respuesta la da el viento, que sopla lo suficientemente enérgico y lo hace tambalear de cara al suelo, su mano lo auxilia casi de forma inconsciente, pero ni los brazos más fuertes del mundo podría lograr levantar el peso de esa ánima; las poco dichosas ya se habían estrellado antes de que él hincara las rodillas.
—¡Fue la última vez! —replicó el poblador. —Ya no quiero vivir aquí, ¡ya nadie quiere vivir aquí!
Acto seguido, con sus resquebrajadas fuerzas, lanzó una patada que terminó estrellándose en la mandíbula del Señor del feudo defenestrado y cayó de espalda al igual que el atacante. El caballero de la armadura que se oxidaba quedó tendido en el suelo, mientras el cuarto y único habitante de la Aldea de la Primacía se arrastraba hacia una carreta tirada por dos caballos desnutridos y descuidados. Encima de la base de la cabina de madera se encontraban tres bultos en similares condiciones, dos de ellos juntos, dominando los caballos; el tercero rendido, atajado por lo que parecía ser una bolsa de provisiones, preparándose para ser el plato principal del guloso gourmet de aquel desamparado caos.
—¡¡N-... NO...!!
Están aquellos que culpas a la crianza; hay quienes aseguran que todo es fruto del enfurecimiento de las divinidades, o se lo dejan todo a este mundo impiadoso, pero la realidad es que el único responsable de su propio tormento es él, el Señor; Rokyénolo, como lo nombró su padre. Dejó entrar a un monstruo, a un demonio, dejó entrar el hambre a su aldea, el vicio, la muerte.
La torre de vigilancia cayó con un estrepitoso rugido, y consecuentemente abrasaba una taberna cercana, dando lumbre al resto de la aldea de forma rauda. Pronto esta se convertiría en una gran hoguera. El ciudadano llegó a la carreta gastando sus últimas energías, abrazaba las provisiones de trigo cuando los caballos recibieron las órdenes de ponerse en marcha.
Era lo último que el Señor vería de los que alguna vez fueron sus siervos. Todo sus feudos, su riqueza, su título resumido en aquel momento: una aldea ardiendo hasta sus cimientos y sus fieles, acusándolo de tiranía, huyendo con lo poco que quedaba de ella y dejándolo abatido, en la tierra. La aldea está en llamas, sí, ellos lo avivaron... ¿pero quién lo provocó? ¿Lo dejaron abatido en la tierra? ¿O lo dejaron en la tierra, abatido como él solo podía hacerlo? El abandono es inminente ante la aldea una vez que comenzó arder.
Quizás en otra vida la analogía no hubiera sido tan exacta —pensó. Y con sus ojos se aferró a su destino.
Qué vamos a comer?
ResponderEliminarNo se, pinta unos menuditos de pollo con arroz?
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