Mis sollozos anteriores:

sábado, 25 de enero de 2014

AGONÍA GRIS. ~#Relato 4~

«¡No me miren fijemente, 
YO NO SOY UN ANIMAL!»


ALLAN.



Allan estaba harto; harto de esta sociedad que solo se empeña en fabricar clones. Que solo quiere que la gente sienta gris, huela gris, toque gris, vea gris, ¡hable gris!  El gris de las fábricas, el gris del asfalto, el gris de su apática existencia.

¿Acaso estos entes no pensantes son producto de algún error genético proveniente de la manzana que Eva mordió? Quizás sí, mas la pereza intelectual que enfrenta esta inculta sociedad no tiene nada que ver con libros de fantasías. Exactamente lo contrario: es la realidad más cruel jamás pensada, lo que la Serpiente (de existir, y según el papel dual que se le otorga en la Biblia) hubiera querido para nuestras tristes realidades; para nosotros y él: NOSOTROS, la Resistencia.
Pues en esta estropeada sociedad lo único que nos queda somos nosotros. No existe el bien y el mal, solo el rostro y la máscara. ¿Y acaso la máscara siempre representa el mal? Lamentablemente no es tan sencillo. Hay gente que necesita de la máscara; tanto como para no cambiar el entorno al que están acostumbrados a vivir, como para sí hacerlo e intentar sobrevivir. 
¡ESTA ESTÚPIDA (esa es la palabra exacta) REALIDAD SOLO SIRVE PARA HACER DAÑO! ¡¿Por qué las cosas están tan jodidas?! se pregunta. Él solo quiere oír su melodía; apreciar su arte; inhalar su propio aire, pero al parecer es mucho pedir. Los enmascaradas le niegan tan mísero favor, y eso no le hace ni puta gracia.


Allan se sienta en su cama. Hoy las cosas cambiarán, él está seguro. Ya no las soporta.
Busca a tientas sus botas (en algún tiempo negras) gastadas debajo de la cama y logra encontrarlas al cabo de varios segundos; se las coloca rápidamente (aunque sin prisa) y con poca dificultad, pues ha estado dormido por mucho tiempo y ya iba siendo hora de despertar... ¡y actuar! 
Desde el borde de la cama se estira hacia su mesa de estudios que se encuentra pegada a su cama de forma perpendicular y agarra una camiseta negra sin mangas con numerosos perforaciones en el pecho. Se la coloca mientras da tres metros a la derecha de la cama para agarrar su chaqueta de cuero despintada, que se la encima luego de acomodar aquella cadena de oxidada plata sobre su musculosa.
Abre el primer cajón de su escritorio y saca unos guantes de cuero rotos en diversas partes; yace su muñeca artrítica sobre ellos y prende el abrojo mientras los dedos sobresalen de estos. Allan acaricia con el dedo índice de la otra mano lo que alguna vez fueron púas y frunce el ceño. 
Abre el segundo cajón y saca una bandana color blanca con puntos negros y unas manchas de sangre que se abren paso durante todo el pañuelo. La abre en forma de V y se la queda observando por un tiempo, hasta que decide enfundárcela alrededor del cráneo (sin la necesidad de recoger su larga y lacia mata de pelo albina).
Abre el tercer cajón y saca un objeto que coloca en su cinturón. ¿Unas llaves, quizás? ¿Un frasco de aspirinas?


Allan camina hacia la ancha ventana y permanece inmóvil al llegar a esta. Es una masa inerte ante una gigantesca persiana que se extiende desde sus pies hasta el techo; la mira de arriba a abajo, como si esperara a que esta se achicara.
Intenta tragar saliva pero su nudo en la garganta es inmenso. Y lamentablemente familiar.
Esto acabará así porque yo lo decido, dice mintiéndose. Sabe bien que él no tiene ni voz ni voto en el lugar que hay detrás de esas gigantescas cortinas de diversos colores fúnebres (a excepción de el gris, el único lugar donde no cabe el gris es en el interior de su hogar; en su interior...)
No puede hacerlo. No tiene el coraje suficiente para empujar esas telas y enfrentarse al monstruo de múltiples y ningún rostro. Se siente tan pequeño ante aquellas capas de censura que lo protegen del temible 'Ser que no ES', se siente tan vulnerable, tan insignificante. 
Sin embargo, sabe que ya no puede echarse para atrás, iría contra todos sus principios:
Agarra un extremo de la gigantesca cortina y tira de ella, logrando que la barandilla que la sostiene caiga al suelo junto las telas, desvelando así el misterio de su existencia, dejándolo al descubierto (¿a él o a el monstruo?).
Lo que vio lo dejó pasmado; ¡¡¡TODO ERA GRIS!!! ¡EDIFICIOS! ¡LAGOS! ¡¡EL CIELO!! ¡LA GENTE! ¡LOS ANIMALES! ¡LA TIERRA! ¡¡EL AIRE!!
Intentó visualizar a el sol buscando un rayo de esperanza y no lo encontró; posiblemente había huido hace tiempo de el hombre; de su autodestructiva civilización y su obsesiva hegemonía.
Allan estaba realmente pálido. Ni siquiera él supo cuánto tiempo permaneció con la boca semi-abierta hasta que comenzó a notar como los grises protegidos en el anonimato de sus disfraces dirigieron hacia él los ojos sin brillo de sus máscaras y su corazones pútridos se aceleraban hasta el punto de salir de sus pechos... ¡necesitaban alimentarse!
Contó unos tres... luego unos cuatro... después unos ocho... veinte... sesenta, quizá... ¡doscientos...!
Doscientos y más rostros máscaras seguían visualmente su estática posición, y comenzaron acercarse de a poco. No dejaban de mirarlo; fijamente... ¡COMO SI FUERA UN ANIMAL!



Llevó su mano sana al objeto del cinturón y apretó los dientes mientras angulaba el ceño de una forma inasible. ¡Ya es hora! —se dijo. Acabaría con todo, y nada ni nadie iba a impedírselo. Necesitaba verlo antes de hacerlo, era algo que tenían pendiente.
Se llevó el frío metal a la sien e inmediatamente se escuchó un estruendo voraz proveniente del cañón de la pistola con la que acaba de suicidarse, mientras sus sesos quedaban esparcidos sobre la pared en la que estaba apoyada la cama, cuyas sábanas color beige quedaron bañadas en el rojo de su espesa sangre.




Lo había hecho. Había logrado reunir el coraje suficiente.
No más agobio; no más dolor; no más ansiedad; no más temor; no más asfixia, pues había acabado con todo.
Ahora su alma gozaba por fin de libertad.




viernes, 17 de enero de 2014

AGONÍA ROJO CARMESÍ. ~Relato #3~

Su tez era pálida, mas su rostro jovial y ascético describía un fulgor puro y solemne, digno del lecho de unos amantes jóvenes y discretos, en dónde aquel segundo místico que todos anhelan se apodera de sus quiénes y los guarda en un ánfora oculta en algún lugar recóndito e inhóspito de la memoria. A salvo de cualquier pensamiento impuro, protegido de las mortíferas y malintencionadas garras del olvido.
Sus mejillas, indignas de aquella piel a primera vista fría, confirmaban el furor que rugía en su mirada; ¡oh, pero si aquellas mejillas rojizas, cual sangre que brota procendente desde los labios mordisqueados de un amante, eran la síntesis perfecta de lo que aguardaba en su interior! Pues sus existencias se basaban en faltarle el respeto a su gélido exterior.
La comisura de sus labios eran un puente entre lo humano y lo divino, un péndulo que oscilaba entre la líbida tentación y el inocente nerviosismo que incita a morderse un labio. Brillaban. La carnosidad y agasajo del labio inferior era estrictamente lo contrario a la rigurosidad y seriedad del superior. Eran el Yin y el Yang; dos extremos tan distintos, y sin embargo fluían al mismo son. Cuántos actos impuros hubiese cometido hasta el monje más ortodoxo si se hubiera dignado de observar a esa boca tan fina articular palabras, a esos labios tan perfectamente desiguales emitir poesía. Arriba de ellos, dos surcos que se fundían en uno solo, dos bifurcaciones que se unían en un único y perfecto camino rígido y recto, se alzaban; pues su bella nariz, junto con su barbilla partida (quizás su defecto más precioso y admirable luego de su personalidad; —la verdadera—), complementaba rítmicamente los hermosos e impecables cánones que componían la fracción inferior de su rostro.
En sus pequeñas y lozanas orejas, aretes en forma de búho con pequeños rubíes implantados en los ojos de estos subrayaban la elegancia de su persona, combinando, así, con su vestido rojo carmesí de gala que demarcaban severamente sus curvas, y con los zapatos que sostenían las piernas más hermosas que él había visto en su vida; muslos firmes, pies seductores.
Y todo este conjunto pseudodivino de armonía y compás era solo desequilibrado por sus rebeldes y salvajes ojos azul cielo… ¡sus malditos ojos azul cielo, la principal fuente del séptimo pecado capital!