Su tez era pálida, mas su rostro jovial y ascético describía un fulgor puro y solemne, digno del lecho de unos amantes jóvenes y discretos, en dónde aquel segundo místico que todos anhelan se apodera de sus quiénes y los guarda en un ánfora oculta en algún lugar recóndito e inhóspito de la memoria. A salvo de cualquier pensamiento impuro, protegido de las mortíferas y malintencionadas garras del olvido.
Sus mejillas, indignas de aquella piel a primera vista fría, confirmaban el furor que rugía en su mirada; ¡oh, pero si aquellas mejillas rojizas, cual sangre que brota procendente desde los labios mordisqueados de un amante, eran la síntesis perfecta de lo que aguardaba en su interior! Pues sus existencias se basaban en faltarle el respeto a su gélido exterior.
La comisura de sus labios eran un puente entre lo humano y lo divino, un péndulo que oscilaba entre la líbida tentación y el inocente nerviosismo que incita a morderse un labio. Brillaban. La carnosidad y agasajo del labio inferior era estrictamente lo contrario a la rigurosidad y seriedad del superior. Eran el Yin y el Yang; dos extremos tan distintos, y sin embargo fluían al mismo son. Cuántos actos impuros hubiese cometido hasta el monje más ortodoxo si se hubiera dignado de observar a esa boca tan fina articular palabras, a esos labios tan perfectamente desiguales emitir poesía. Arriba de ellos, dos surcos que se fundían en uno solo, dos bifurcaciones que se unían en un único y perfecto camino rígido y recto, se alzaban; pues su bella nariz, junto con su barbilla partida (quizás su defecto más precioso y admirable luego de su personalidad; —la verdadera—), complementaba rítmicamente los hermosos e impecables cánones que componían la fracción inferior de su rostro.
En sus pequeñas y lozanas orejas, aretes en forma de búho con pequeños rubíes implantados en los ojos de estos subrayaban la elegancia de su persona, combinando, así, con su vestido rojo carmesí de gala que demarcaban severamente sus curvas, y con los zapatos que sostenían las piernas más hermosas que él había visto en su vida; muslos firmes, pies seductores.
Y todo este conjunto pseudodivino de armonía y compás era solo desequilibrado por sus rebeldes y salvajes ojos azul cielo… ¡sus malditos ojos azul cielo, la principal fuente del séptimo pecado capital!
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