Xavier sudaba. No encontraba explicación a la tensión por la que estaba siendo sometida su calma.
Estaba allí; inerte. Enfrente de él yacía el cuerpo desfachatado de un muy poco afortunado cuervo, que clavaba los ojos muertos en sus rodillas temblorosas.
Oyó un gruñido que hizo oscilar al peso de su cuerpo que a estas alturas no valía más que un muñeco de cobre viejo, como a su psiquis, que se tambaleaba entre la inconsciencia y la locura. Tal gruñido provenía de la penumbra que surgía desde las escaleras a 5 mts. a su derecha hasta la puerta del pasillo de la cocina, posicionada de forma perpendicular a los escalones; una penumbra solo interrumpida por un haz de luz que se abría paso desde una de las ventanillas que emergían de las paredes de las barandilla de madera en el extremo derecho, hasta atravesar el angosto pasillo que se ocultaba tras sus esbeltos y espasmódicos hombros.
Sintió cómo un gélido sudor le recorría por la sien y la trepidante espalda, mientras que un rigoroso escalofrío se manifestaba en su zona pélvica y se convertía en un cálido líquido que se trasladaba desde su escroto hasta alcanzar sus rodillas, que luego descendía en forma de cascada hasta el empeine. Ni siquiera se limitó a mirarlo, ya que dicha acción fue tan inverosímil para su consciencia que apenas pudo ser interpretada como un sueño vago proveniente de la fase REM.
En su tambaleante mano izquierda ya no se podía encontrar la linterna verde con pilas de litio, que había dejado de funcionar desde que el reloj, devorado por la oscuridad de la sala de estar, marcó las 20:17 Hs.
Xavier yacía ahora en el suelo junto con su orina. Y su cordura.
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