Mis sollozos anteriores:

viernes, 8 de noviembre de 2013

Relato #1.

Sus ojos apagados describían lo que escondía en su interior; sufría.
Su cara me sonaba extrañamente conocida. Agarré el antiguo banquito para niños que mi abuela (que Dios la tenga en la gloria) me había regalado de pequeño, lo coloqué justo delante de sus ojos, y me senté, para intentar analizarlos.
—Ey, ¿qué te pasa, amigo? ¿Por qué estás así?
Era inútil. Él no levantaba la mirada, no podía ver lo que ocultaban aquellas reliquias de llamativo color; verde opaco y seco, que expresaban su vaga esperanza; y marrón café, que representaban simbólicamente la razón de sus ojeras color malva.
—Ya... dale. Decíme qué dolor aflora tu corazón, —sugerí mientras me hacía para atrás y me colocaba un Marlboro en la comisura de los labios— y yo te voy a decir qué remedio utilizar para sanarlo. 
Le dediqué una sonrisa leve con una vaga carcajada. 
Él no.
Al cabo de un tiempo dentro de una burbuja que contenía un silencio impenetrable, pregunté:
—¿Fumás?
Buscaba a tientas el encendedor de mi bolsillo izquierdo hasta que lo encontré, giré la rueda y prendí mi cigarrillo.
—...¿O al menos te importa si yo lo hago?
—...
Ni se inmutó. Agregué:
—¿Sabés...? —pregunté mientras guardaba el encendedor— Creo que te conozco de algo. 
—...
Nada. Por supuesto.
Esperé un rato, con la mano izquierda dí provecho a mi cigarrillo y exhalé el humo hacia mi izquierda. Luego de un tiempo, y ya perdiendo la paciencia, le dije:
—¡Ey! Si no me vas a permitir que hable con vos, al menos salí de mi casa y dejame dormir en paz, ¿no?—sonreí de forma superficial— Primero que nada no sé cómo entr...
Lo que me interrumpió en aquel momento había sido haberlo visto levantar su mano izquierda hacia su boca, imitando el mero movimiento que hice al inhalar el humo del cigarrillo anteriormente. 
—¿Qué... estás haciendo? —dije, mientras él exhalaba el humo ficticio hacia mi derecha (su izquierda.)
No esperaba respuesta, sin embargo, al cabo de unos segundos, se oyó:
—Fumando. 
¡Había hablado! ¡Me respondió! 
Toda la situación poseía un ambiente desconcertante, que ambos respetabábamos. Era como si estuviéramos drogados o ebrios y fuéramos conscientes de ello.
—Así que ahora te dignás de hablar, ¿no? —mencioné mientras daba otra calada al cigarrillo— ¡Conmigo no te hagás el chistoso! —le advertí.
—...
Él copió mi movimiento de calar nuevamente el cigarrillo.
—¡Eh! ¡¿Por qué haces eso?!
—Es divertido.
En ese momento me saltó la vena. ¡Qué insensato!
—¡¿Parecer todo un loco es divertido?! —vociferé, sacado de quicio.
—No. Engañarse sí lo es. Al parecer. —se llevó el cigarrillo a la boca.
—¿Qué? —exclamé.
No lo comprendía. Tan solo había ido al cobertizo a buscar una colcha más para cubrir a Nina (mi Bull Terrier) y sus crías, miré hacia la dirección en donde estaba situado el antiguo espejo de mi Tata -Mi tata... pensé- y lo encontré ahí; inerte, sollozando en silencio, a ese completo extraño diciendo sandeces. Yo no lo (re-)conocía; para nada.
Debería haber buscado ayuda ahí mismo (¡un loco había entrado en mi cobertizo en plena madrugada!), pero no lo hice.
Reí levemente;
—Bien... repasemos—hice una pausa, me llevé el Marlboro a la boca de forma sosiega, luego giré la cabeza violentamente hacia él y agregué gritando—: ¡¡Irrumpís en mi hogar en mitad de la noche, lue...
—Ya basta. —me paró en seco—. ¿Te das cuenta de qué forma te mentís?
—¡¿Ya basta?! ¡¿Ya basta?! ¡¿Se puede saber qué carajo te pasa?! —me levanté de forma brusca del banquito y me encorvé hacia él, provocando que este hiciera un ruido chirriante al impulsarse hacia atrás—.
El extraño solo se limitó a sonreír por dos o tres segundos, sin levantar la mirada.
¡Estaba FURIOSO, INDIGNADO de verdad! ¡¿Quién osa faltarme el respeto de esa manera, y en mi propia casa?! ¡Aggh! Solo había intentado ser buena persona y ayudar a ese hombre, a pesar de mi orgullo lo había hecho, su rostro cabizbajo me había parecido fiable. ¡Pero no!
Sin embargo,.... ¿cómo se coló allí....? Para entrar al cobertizo debía de traspasar dos puertas. La del galpón y la del porche trasero. Todo había sido muy.... ¿onírico, esa es la palabra? Sí, esa es.Y, además... ¿después de que comenzara actuar como todo un loco, lo más razonable no hubiera sido llamar a la policía? ¿Pero por qué hacerlo? No había sentido miedo alguno..., ¿aunque eso no lo vuelvo más extraño?
Medité. Con los puños apretados y con la cabeza a la altura de la repisa de libros olvidados en aquella estantería que había construido para mi Sole, la mujer más hermosa que había conocido; medité.
—Mirá, loco del culo —impuse—. ¡O salís de mi casa en este mismo instante, o juro que ni me molestaré en llamar a la policía puesto que yo solito te haré pagar por tu irrupción e insolencia!
—....
El intruso no contestó nada.
—Está bien, yo te lo advertí—excusé, mientras me preparaba para atisbar un golpe al sujeto que aún permanecía sentado.
En el mismo instante que el puño indignado estaba a menos de dos metros de la mejilla izquierda de extraño intruso, este levantó la mirada, y el puño, sorprendentemente permaneció inmóvil de forma torpe en el aire. Nunca había quedado más estupefacto en mi vida. Permanecí mirando el puño estático a milésimas de segundos de su mejilla, luego lo miré a los ojos, y... ¡válgame Dios!
—¡YO TE CONOZCO! —anuncié, mirando fijamente a sus ojos.
—No. No me conoces... Pero lo hacías. Hace mucho tiempo. Ya no—bajó la mirada.
—¡¿Qué querés decir?! —pregunté, exasperado— ¿Cómo que ya no?
—Vos me desechaste, hace tiempo, hace mucho tiempo. Junto con otras cosas  importantes en tu vida. —aclaró, aún sentado.
—¡¿De qué hablás?!—fue la pregunta más hipócrita de mi vida—¡Voy a llamar a la policía!—yo seguía con el puño amenazante levitando inerte en el aire. Incrédulo.
—¿En verdad pensás que esa es la pregunta correcta? Si tu respuesta es que sí, voy a liberar tu puño y podrás hacerme lo que quieras. Si un gramo de neurona aún deserta en tu cabeza y retiras esa pregunta, podremos charlar de forma más amena. Aunque a mí la verdad ya no me importa.
—¡¿QUÉ?! —repetí.
Yo no entendía nada... es decir... no era ¡posible! La intrusión.... el sujeto... el espejo... ¡todo había sido tan extraño!
—...Woah....—lanzó un largo suspiro— ¡No me sorprende tu terquedad, es lo único que aún te acompaña! —vociferó, mientras se levantaba y cedía su mejilla izquierda como bolsa de golpes—. ¡Dale! ¡¿Qué esperás?!
Mi brazo se liberó, el cigarrillo me había quedado en la comisura de los labios. Sin embargo, estaba tan desconcertado, ¡no comprendía nada! Quedé mirando su mejilla ofrecida por varios segundos, pero si algo tenía claro, era mi desprecio ante esa entidad irrumpe-moradas. Por lo que con todo el esfuerzo del mundo logré adquirir nuevamente la posición agresiva de hace unos segundos atrás, y me dispuse a concentrar todo mi fuerza en ese charlatán insensato; levanté mi puño y....
Me hice para atrás para cubrirme el rostro de los restos de vidrio del espejo que caían sobre mis pies, mientras el cigarrillo de mi boca le seguía la corriente. Del viejo espejo de mi Tata, el espejo que todo este tiempo había estado ahí, enfrente mío, oyendo mis gritos, únicamente mis gritos; estaba más que claro. No hacía falta buscar al extraño, el ya no estaba, se había perdido, esfumado. Aunque ya hace mucho tiempo.
Lo había comprendido. Cómo deseé no haberlo hecho. Dios, ¡cómo lo deseé!

Salí del cobertizo, intenté respirar un poco de aire fresco. 


Miré la caja de Marlboro que tenía guardado en el bolsillo de mi campera, agarré el encendedor y le prendí fuego. 

No separé la mirada del ardor que escocía en ese plástico, que iba retorciéndose y degradándose cada vez más y más. Mis ojos permanecían centrados en él, como si estuvieran observando algo con un significado más lorquiano.

—¿Quién soy?—me pregunté, a la luz de la noche que de alguna manera intentaba consolar a mi sombra casi desvanecida, muerta.

El viento de esa noche de verano oyó mi pregunta y me dio la respuesta más sincera que había oído en mi vida: 
—...






Gastón Lovera.

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